Quién soy y por qué escribo esto

hace 6 días
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Nunca planeé escribir. Durante veinte años mi oficio fue otro: entrar a la planta antes de que saliera el sol, checar tarjeta, y pasar el turno entre el ruido de las máquinas y el reloj que nunca corre a tu favor.
Empecé como ayudante general, sin saber bien qué hacía ahí, y terminé —después de años, de errores, de algún accidente que no quiero detallar— siendo de los que ya sabían resolver un problema en la línea antes de que el capataz se diera cuenta de que existía.
No fui a la universidad. Lo digo sin pena y sin orgullo forzado, solo como un hecho: mi educación pasó por otro lado. Aprendí de compañeros mayores que me enseñaron a hacer bien mi trabajo sin explicarme nunca por qué, aprendí de jornadas que se estiraban más de lo que el contrato decía, sobre todo, a distinguir cuándo una promesa de la empresa era real y cuándo era solo para calmar los ánimos antes de una revisión.
Durante esos años vi de todo. Vi compañeros perder dedos por máquinas que nunca se dieron de baja. Vi permisos negados el mismo día que nacía un hijo, aumentos anunciados con bombo y platillo que, al llegar al recibo de nómina, apenas alcanzaban para el pasaje.
Y vi también lo contrario: jefes de turno que peleaban por su gente, compañeros que se organizaban para exigir lo que les correspondía, pequeñas victorias que nunca salieron en ningún periódico pero que cambiaron la vida de quien las vivió.
De ahí sale todo lo que escribo. No tengo una teoría que defender ni una corriente política a la cual rendirle cuentas. Tengo veinte años de turno, un cuaderno lleno de cosas que vi y que nadie más contó, y la certeza de que el trabajador de a pie —el que factura, el que empaca, el que arma, el que atiende— rara vez tiene un espacio para que su versión de las cosas se escuche con la misma seriedad que la de un funcionario o un empresario. Pero no me vas a leer solo contando lo que viví.
Cada vez que algo de lo que aquí escriba se pueda confirmar con una cifra —del Inegi, del IMSS, del Banco Mundial, de cualquier institución seria que haya hecho ya el trabajo de medirlo—, la vas a encontrar junto a la anécdota, no en su lugar.
Mi experiencia me dice por dónde mirar. El dato es lo que confirma que no estoy mirando solo, y que lo que viví no fue una excepción, sino algo que le pasa a millones. Cuando alguien quiera descartar esta columna como un simple desahogo, quiero que lo primero que encuentre sea un número que no pueda descartar tan fácil.
Por eso firmo como Nacho Rebelde y no con mi nombre completo en cada columna. No es anonimato por miedo, es una forma de recordarme —y de recordarles a quienes me leen— que esta voz no habla solo por mí.
Habla por cualquiera que haya estado del lado de la línea, revisando un dato oficial y preguntándose si de verdad describe lo que él o ella vive todos los días. No vengo a decirles lo que deben pensar.
Vengo a poner al lado de cada cifra oficial la pregunta que en la fábrica nos hacíamos entre nosotros: ¿y esto, a mí, en mi turno, de verdad me cambia algo? Si la respuesta alguna vez es que sí, lo voy a reconocer aquí, con la misma seriedad con la que voy a señalar cuando la respuesta es que no.
Esto apenas empieza. Pero quería que supieran, antes de seguir leyendo, de dónde vengo y por qué me importa tanto lo que escribo.

















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