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Lo que el salario mínimo alcanza a comprar, y lo que ya no

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Redacción - El Cambio
hace 6 días
3 min de lectura
salario mínimo
Imagen: Xinhua


Construir una sociedad alimentada, educada y sana con el salario mínimo es una aspiración que México se ha planteado como proyecto de país, y que en fechas recientes volvió a formar parte del discurso público como uno de los principios a perseguir.


Es una meta que involucra al gobierno, a la política de precios, y a la capacidad real de cada familia trabajadora para sostenerla con su propio ingreso. Vale la pena poner esa aspiración junto a la operación más básica que existe: sacar la cuenta de cuánto cuesta comer en este país y cuánto gana quien trabaja por el salario mínimo.



Empecemos por el piso más bajo, el que separa a una familia de la pobreza extrema. Según el propio Inegi, en mayo de 2026 una persona necesitó 2 mil 597 pesos mensuales en zonas urbanas únicamente para adquirir la canasta alimentaria mínima — es decir, solo para no caer en pobreza extrema por alimentación, sin contar renta, transporte, salud ni educación.


Multipliquemos esa cifra por una familia de cuatro integrantes, el tamaño de hogar que la propia Profeco usa como referencia para medir precios: 10 mil 388 pesos mensuales, solo en comida básica, solo para no estar en el nivel más grave de pobreza que existe.


El salario mínimo mensual en 2026, según el propio gobierno, es de 9 mil 282 pesos. Hagamos la resta sin adornos: un solo trabajador que gana el salario mínimo y sostiene a una familia de cuatro no le alcanza ni para la comida más básica que evita la pobreza extrema, mucho antes de pensar en pagar renta, transporte o un doctor.


Y esto no contradice el otro dato que ya celebramos —el aumento real de 154% al salario mínimo desde 2018—: ambas cosas son ciertas al mismo tiempo. 


El salario subió, y sigue sin alcanzar. Son dos cifras que rara vez se presentan juntas, aunque juntas es como de verdad se entiende la situación.


Y la canasta alimentaria mínima es, por definición, el piso más bajo posible — no una dieta digna, apenas la línea que separa de la pobreza extrema. Si hablamos de una canasta básica más realista, que incluya alimentos y servicios esenciales, el propio Inegi la calculó en 4 mil 940 pesos mensuales en zonas urbanas durante marzo de este año.


Y si sumamos vivienda, transporte y el resto de lo que una familia necesita para vivir con cierta normalidad —no lujo, normalidad—, un cálculo basado en referencias del Coneval sitúa el gasto básico real en alrededor de 19 mil 300 pesos mensuales: el equivalente a 2.31 salarios mínimos. Es decir, ni siquiera dos trabajadores con salario mínimo en la misma casa alcanzan a cubrir lo básico completo.


Vale la pena nombrar también por qué esto se siente peor de lo que dicen los promedios generales de inflación. La inflación general en marzo de 2026 fue de 4.6 po riento anual, pero la canasta alimentaria subió hasta 8.1 por ciento en zonas urbanas en el mismo periodo — casi el doble.


El jitomate, ese ingrediente que está en la mitad de la cocina mexicana, se disparó más de 120% en un año. 


El indicador general de inflación y la experiencia semanal de hacer el súper pueden contar historias distintas al mismo tiempo, porque lo que más pesa en el gasto de una familia comer— está subiendo más rápido que el promedio con el que se suele medir la estabilidad de precios.


No pido que se regale la comida ni que se congelen los precios por decreto — sé que esas soluciones fáciles generan problemas nuevos. Pero si la aspiración de una sociedad alimentada va a seguir siendo parte del proyecto de país, entonces la política de salarios y la política de precios de alimentos básicos no pueden diseñarse por separado, como si no tuvieran nada que ver entre sí. 


Hoy, la cuenta simplemente no cierra: el salario sube, la comida sube más rápido, y en medio de esa carrera desigual está la mesa de cada familia trabajadora, decidiendo cada semana qué sí entra en la despensa y qué se queda fuera.


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