El título no es el oficio

hace 6 días
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Nunca hice un examen de admisión a ninguna universidad. Aprendí mi oficio en la línea, a fuerza de errores, de turnos dobles y de un capataz que corregía sin explicar.
Digo esto no para presumir, sino porque el escándalo reciente en la UNAM —un examen de admisión con irregularidades vinculadas al uso de inteligencia artificial— me hizo pensar en algo que quienes trabajamos con las manos hemos sabido siempre: un examen aprobado nunca ha sido lo mismo que saber hacer el trabajo.
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La universidad enfrenta ahora una pregunta que en la fábrica resolvimos hace tiempo, aunque de forma brutal: si una herramienta puede resolver un problema por ti, ¿qué exactamente estás demostrando cuando entregas la respuesta? Los números del caso concreto son elocuentes.
Al examen de admisión a licenciatura 2026 de la UNAM se presentaron 158 mil 712 aspirantes; la universidad terminó anulando cerca de 3 mil exámenes, alrededor del 2 por ciento del total, tras detectar patrones atípicos.
Y el dato más revelador no es el de los exámenes anulados, sino el de los aciertos: en la carrera de Medicina, el porcentaje de aspirantes con 100 aciertos o más pasó de 9 por ciento en 2025 a 29.7 por ciento en 2026. En Derecho, de 3.7% a 18.9%. En Actuaría, de 9.7 por ciento a 30.4 por ciento.
Un salto de esa magnitud, en un solo ciclo y repetido en carrera tras carrera, no se explica por una generación repentinamente más preparada — se explica por una herramienta que respondía por ellos. Cuando la universidad convocó a repetir el examen de forma presencial, con cerca de 37 mil aspirantes evaluados sin acceso a esa ayuda externa, los casos confirmados de fraude cayeron a apenas 22.
La diferencia entre esas dos cifras —miles de resultados atípicos en línea, veintidós casos confirmados sin la herramienta— es la evidencia más clara de qué estaba midiendo realmente el primer examen, y qué dejó de medir en cuanto se le quitó el atajo.
Por eso me parece sensato lo que ya empiezan a hacer en otros países: evaluaciones orales, defensas de proyectos, ejercicios donde el estudiante tiene que explicar cómo llegó a una respuesta, no solo entregarla. Eso no es nostalgia por lo analógico. Es lo mismo que cualquier capataz honesto le pide a un aprendiz: no me digas que sabes, muéstrame que entiendes lo que estás haciendo.
La diferencia entre memorizar un procedimiento y comprenderlo es exactamente la diferencia entre un trabajador que resuelve un problema nuevo y uno que se paraliza en cuanto la máquina falla de manera distinta a como falló ayer.
Y aquí es donde este tema deja de ser solo un problema de las universidades y se convierte en un problema nuestro, de quienes contratamos y somos contratados.
Los datos ya muestran ese cambio en marcha, aunque todavía a paso lento: según el IMCO, solo uno de cada cinco empleadores en México planea priorizar las habilidades por encima del título al momento de contratar.
Un estudio de Michael Page encontró un resultado similar —19 por ciento da más peso a las competencias que a la formación académica—, mientras que 69 por ciento sigue otorgando el mismo valor a ambas cosas.
El síntoma más claro de que algo no cuadra está en los jóvenes recién egresados: tardan en promedio entre seis y doce meses en conseguir su primer empleo, y la tasa de desempleo juvenil se ubica en 5.4 por ciento, prácticamente el doble del promedio nacional.
Tener el título ya no es, para una parte creciente del mercado, sinónimo de estar listo para el puesto — y sin embargo, la mayoría de los procesos de contratación todavía no han terminado de digerir esa distancia.
Si las universidades van a cambiar cómo evalúan, las empresas también tendrán que terminar de cambiar cómo contratan — porque un proceso de selección que solo verifica el título, tiene exactamente el mismo problema que un examen de admisión resuelto con ayuda externa: no dice nada de quién eres capaz de ser en el trabajo real.
Lo que me deja tranquilo del episodio de la UNAM no es el escándalo, es la reacción: reconocer el problema y actuar, en lugar de fingir que los mecanismos de siempre siguen siendo suficientes. Esa honestidad institucional es rara, y por eso vale la pena señalarla.
Pero no basta con corregir un examen. Hace falta repensar, de una vez, qué es lo que de verdad queremos medir: si la capacidad de repetir una respuesta correcta, o la capacidad de resolver un problema cuando nadie te dio la respuesta de antemano.
Porque eso, al final, es lo único que un examen —o un jefe de turno— debería estar evaluando.

















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